Ayer encontré una interesante aportación en un debate de LinkedIn que hoy quiero traer a este foro. Hablando del jefe ideal, se sugería como cualidad principal que supiese enfocarse a las personas (bien sean internas o externas, esto es, empleados o clientes respectivamente) y que dominara la comunicación eficaz con todos ellos.

La cuestión me parece que tiene especial importancia y por eso quiero disertar sobre ella. Veamos: para las empresas los resultados son su razón de ser, ¡qué duda cabe! Y, por ello, muchos empresarios tienen este concepto en el punto de mira constante. ¡¡Se enfocan a resultados!! Pero, ¿dónde está el error? En obviar que sus posibilidades de intervención pasan por actuar en los recursos que intervienen en la consecución del fin y no en el fin en sí mismo. El fin viene dado. Donde hay que intervenir es en los medios que  nos permiten alcanzar ese fin. Esos recursos son las personas, bien sean clientes o empleados. Ergo, si queremos tener buenos resultados, deberemos cambiar nuestro punto de mira y ponerlo en quien realmente nos lo va a proporcionar: las personas.

 

Objetivos Vs Clientes

El ansia de resultados conduce, en muchas ocasiones, a tomar medidas cortoplacistas. Las cuales, con frecuencia, entran en conflicto con cuestiones tan cruciales para una compañía como son los clientes. Todos tenemos ejemplos en nuestra mente de actuaciones agresivas que buscan, por encima de todo, obtener determinadas ventas. Actuaciones que no escatiman en acudir al engaño o la ocultación de ciertas condiciones de contratación con tal de sacar adelante una venta y que, cuando son descubiertas por el cliente, suponen su desvinculación con la empresa que lo engañó. Venta ganada pero.. ¡¡cliente perdido!! ¿De verdad compensa?

Si nos volvemos hacia el empleado, podemos encontrar ejemplos de actuaciones similares. Hay empresarios que, con tal de obtener el beneficio esperado, no tienen ningún reparo en abusar de las condiciones de contratación de sus empleados. No se dan cuenta de que un empleado descontento y desmotivado, al final, acabará repercutiendo negativamente en la buena marcha de la organización. No, eso no lo ven. Sólo ven el beneficio a corto plazo que puedan sacar. Y, lo que suceda en el futuro, les trae sin cuidado o no lo valoran en su justa medida.

Así funciona la mentalidad de muchos directivos: se preocupan únicamente por el fin perseguido y se olvidan de atender de modo adecuado a quienes deben ayudar a alcanzarlo. Veamos ahora el enfoque correcto.

 

Entonces, ¿Cual es el enfoque correcto?

Es probable que si un empresario se enfoca al cliente y al empleado, de entrada no notará tan buenos resultados. Eso sí, si lo comparamos con quien se enfoca descaradamente al beneficio. Pero, a pesar de ello, su enfoque sí que dará una muy buena cosecha con el tiempo, no lo duden. El cliente satisfecho es la base del éxito de cualquier organización. Mimar a un cliente y hacerle sentir cómodo con un determinado proveedor es una tarea que llevará más de dos días. Por lo que los empresarios deberán estar dispuestos a soportar esta travesía del desierto. A sabiendas que, tarde o temprano, llegarán al ansiado oasis.

El resultado es igual de exitoso si el punto de mira se pone en el trabajador. Un empleado satisfecho aumentará su productividad y su implicación en la empresa. Esto es, se comprometerá con el proyecto empresarial. Y, ésto, a medio plazo, también traerá muy buenos resultados para la compañía.

En conclusión: si los empresarios cambian su mentalidad cortoplacista enfocada a beneficios y ponen sus esfuerzos en tratar con mimo a las personas que giran en torno a la organización (clientes y empleados), estarán sentando unos sólidos cimientos para edificar una empresa. El cambio es centrarse en los recursos que nos permiten alcanzar el fin, en lugar de obsesionarse por tal fin. Consiste en actuar precisamente en donde hay posibilidades de hacerlo (los medios). Y, por supuesto, olvidarse de aquellos objetivos que, por venir dados, no permiten actuación posible (el fin).